Cuento de terror no volveré a saltar una reja

Cuento de terror no volveré a saltar una reja

Me gustaba salir con mi hermano a jugar un rato lanzando unos pases con un balón de fútbol americano. Nuestro lugar favorito para practicar ese deporte era nada más y nada menos que a espaldas del cementerio.

Y es que a pesar de que habíamos oído singulares cuentos de terror cortos que versaban sobre ese lugar, nunca sentimos miedo. Una tarde en la que el cielo estaba muy oscuro y las nubes amenazaban con soltar gran cantidad de agua, mi hermano me dijo:

– Únicamente dos pases más y ya. Creo que va llover y si no nos apuramos, puede que mamá nos regañe por llegar mojados a casa otra vez.

– Está bien. Pero vete lejos, quiero probar la potencia de mi brazo. Le dije.

Tomé el balón y lo arrojé con tal fuerza que atravesó la reja del cementerio, la cual tenía aproximadamente unos dos y medio metros de alto.

– ¡Y ahora que vamos hacer, era el único balón que tenemos! Mencionó mi hermano en tono de preocupación.

– Muy sencillo. Yo me brinco, sacó el balón y nos vamos.

– ¿Y los fantasmas?

– Aquí lo único que hay son los huesos de los difuntos.

Trepé y en unos cuantos segundos ya estaba del otro lado. Gire la cabeza para ubicar donde estaba el balón y observé que se hallaba a unos 5 m de mi posición. En eso estaba cuando empecé a escuchar unas voces tétricas que provenían de aquel sitio.

Era como si alguien estuviera cantando en voz baja. Un murmullo colectivo que hacía que se me enchinara la piel.

Me puse frente al balón, mirando hacia el piso, pues no quería ser sorprendido por ningún espíritu, aunque nunca acepté que me estaba muriendo de miedo. En cuanto lo tuve en mis manos, salí corriendo en dirección a la reja, pero algo detuvo mi camino.

– Ha de ser una rama seca. Pensé.

Sin embargo, era el brazo de un esqueleto que me estaba tomando del hombro. Con mi otra mano lo aventé y seguí mi camino.

Aprendí que no es bueno meterse a los “campos santos” para recuperar pelotas. Hay que dejar descansar a los muertos.

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